Uno de los más interesantes ejemplos de las manifestaciones folklóricas de Aragón es la Contradanza de Cetina, con nombre que no le conviene ni por su sentido original de «country dance» o baile campestre ni como baile de salón con pasos y figuras dirigidas por un «bastonero» que dominó los entretenimientos de la aristocracia y la burguesía en el siglo XIX, y que fue imitado por el pueblo componiendo un delicioso híbrido con la conocida conducta de acomodar por imitación modos señoriales a través de un proceso de simplificación que comportan la intemporalidad y el anonimato; en este caso a las prácticas de los siglos XVII y XVIII el pueblo añadió otras seguramente muy antiguas aunque las supuestas vinculaciones con bailes celtibéricos o semejantes estén fuera de lugar.
En la danza de Cetina hay una serie de elementos característicos muy bien definidos esencialmente el ser fiesta ritual de plenilunio, con iluminación de teas, intervención de un «diablo» (seguramente el nombre e idea tomada del «dance» ) y la base de la representación ocupada por «cuadros plásticos» que sólo remotamente pueden ponerse en relación con los «castillos» del dance, unos conservados como los de Tauste y presentes otros en las letras como el de Sariñena. «Torres» y «cuadros» componen la esencia de este baile que no tiene paralelo en Aragón ni fuera de aquí. El «diablo» va vestido de rojo, con adornos blancos y es el único que no cubre su cara con una careta. Las treinta mudanzas o cuadros plásticos terminan con una extraña pantomima que comporta el sacrificio del «diablo» quien moría entre gritos siendo después su cuerpo paseado por el pueblo. Sin que pueda relacionarse este apéndice con ninguna otra forma de bailes de salón. Los cuadros formados con los cuerpos humanos de los ocho ejecutantes, imitando a San Miguel venciendo al demonio, el Dios de las Aguas, es decir la fuente de Neptuno hoy en el Parque de Zaragoza, bandeo de las campanas, Virgen de Atocha, peana de San Juan Lorenzo, etc.
Se ejecuta el baile a compás de una música monótona obsesivamente repetida de la que Ángel Mingote escribió «La música con que actualmente se danza en Cetina es de poco o ningún interés y de fijo han debido desaparecer aires del «dance» antiquísimos y de interés». Desde luego ninguna música del dance aragonés es antiquísima y por descontado tampoco la de la Contradanza y cualquier vinculación con melodías celtibéricas o de la Edad Antigua es imposible con lo que sabemos y no puede ser llevada a antes del siglo XVIII.
Hay muchas relaciones con el dance de San Juan Lorenzo, se trata de un baile celebrado en honor del santo, aunque procede de imitación de cuadros plásticos de salón. Del conjunto sobresalen elementos muy viejos como el de la danza de plenilunio y el sacrificio del jefe que podría relacionarse con el indoeuropeo «señor de los granos» y la redención y sin otro vínculo que el aspecto de los trajes con las danzas macabras secuela de las danzas de la muerte de toda Europa. Por otra parte al realizarse el baile sin otra luz que la de las teas que antes fabricaban los propios danzantes con papel de estraza encerado, la combinación de blanco y negro de las vestiduras era imprescindible para alcanzar suficiente visibilidad. Quedan las caretas que en las danzas de la muerte disfrazan a los vivos de calaveras y que en Cetina no tienen fácil explicación como tampoco que el «diablo» a actúe a cara desnuda, aunque se adorne con fingidos bigote, barba y patillas.
En conjunto nos hallamos ante una formidable creación popular con elementos dispersos de distinta procedencia y antigüedad que el pueblo ha conservado como un rito aunque haya perdido su significación primitiva y sea difícil delimitar cual fue en cada momento ni en virtud de que fuerza se conglomeró hasta llegar a su estado presente.
La participación de la contradanza de Cetina en las fiestas de los carnavales de Venecia ha hecho que se suscite la curiosidad hacia esta interesantísima manifestación de nuestra vida popular y son muchos los lectores de estos artículos que nos han pedido que expongamos nuestra opinión sobre la danza y cada una de sus partes. Les he remitido a mi publicación El dance aragonés (Zaragoza, 1982, pp. 76-81) y es muy poco lo que puedo añadir a lo que entonces escribí Desde luego hemos de felicitarnos por el interés que por las muestras de nuestra vida popular consideradas como señas de identidad se despierta desde hace poco lo que sin duda conducirá a la conservación de muchas que estaban en trance de perderse y quizá a la recuperación de otras ya desaparecidas. Y un poco de amargura todo hay que decirlo, provoca el que sea necesario que cualquiera de las cosas nuestras estimables salga de nuestras fronteras para que se les reconozcan los méritos que indudablemente tienen. ¿Son muchos los que aun haciendo largos viajes por el mundo para ver y aprender se han tomado la molestia de acudir a Cetina para admirar la contradanza en su propio ambiente?. Quizá valga la pena advertir que en este tipo de manifestaciones es importante respetar íntegramente lo que ha llegado a nosotros sin corregirlo ni «normalizarlo» y sin que empeños eruditos velen la ingenuidad y la autenticidad de lo popular; y aun más, que bastantes manifestaciones rituales cobran su verdadero sentido en el lugar que fueron concebidas.
En la danza de Cetina hay una serie de elementos característicos muy bien definidos: esencialmente el ser fiesta ritual de plenilunio, con iluminación mediante teas.
Existen muy pocos puntos de contacto de tal Contradanza con el dance de San Juan Lorenzo, aunque se celebre en honor al santo a través de cuadros plásticos de salón. Del conjunto sobresalen elementos muy viejos como el de la danza de plenilunio y el sacrificio del jefe que podría relacionarse con el mito indoeuropeo del «señor de los granos» y la redención, la semilla que ha de ser sacrificada y destruirse para que pueda germinar y salvar; y sin otro vínculo que el aspecto de los trajes con las danzas macabras secuela de las danzas-medievales de la muerte de toda Europa. Por otra parte al realizarse el baile sin otra luz que la de la de las teas que antes fabricaban los propios danzantes con papel de estraza encerado, la combinación de blanco y negro de las vestiduras era imprescindible para alcanzar suficiente visibilidad.
Por el Profesor Antonio Beltrán Martínez